¿QUÉ ES LO POLÍTICO DEL ‘ARTE POLÍTICO’?

Nota de reflexión crítica en torno a lo que significa la categoría de ‘arte político’ con motivo de la coincidencia de tres muestras en la ciudad que entran en esta categoría

Tres muestras de tres artistas de generaciones distintas que trabajan lo que se podría denominar como ‘arte político’ coincidieron curiosamente el pasado mes de mayo en la capital: ‘Katatay y otros actos de colaboración’ de Alfredo Márquez en el ICPNA, ‘Sindicalismos’ de Wylly Medrano en Euroidiomas & ‘Perder los estribos’ de Fernando ‘Coco’ Bedoya en la SLMQ. En ese sentido me interesa poner en perspectiva algunas cosas sobre estas muestras como excusa para re-pensar esta problemática categoría de ‘arte político’ en relación con lo que sucede a nivel social y cultural en nuestro país. No me interesa detenerme a hacer una crítica minuciosa de la curaduría o la museografía de ninguna de las tres muestras sino señalar lo que considero algunos logros y síntomas.

En primer lugar, considero necesario resaltar la importancia de activar la memoria y revisar la historia política del país a partir de dispositivos plásticos o visuales; mérito que creo podemos encontrar con seguridad en las tres muestras, con mayor evidencia en el caso de Márquez y Bedoya, a su manera, y en menor grado en el caso de Medrano (tal vez también por la diferencia generacional y compromiso cívico o militante que los dos primeros tuvieron en su momento). En segundo lugar me parece importante reflexionar críticamente sobre la apropiación de lo político del denominado ‘arte político’ por el mercado y la institucionalidad del museo, así como en torno a cierto carácter nostálgico del mismo en relación con un activismo pasado y su posterior “neutralización”. Y en tercer término pensar sobre la creación de nuevos lenguajes creativos que nos provean de herramientas críticas para la transformación de la sociedad en esta aguda crisis social y colectiva en la que vivimos actualmente en el Perú.

En ‘Katatay’ encontramos un recorrido por la historia plástica y visual de Márquez desde experiencias colectivas de activación ciudadana como la carpa/teatro de Los Bestia, en la que confluyó la arquitectura efímera con desechos y basura, la recuperación del espacio público, la movida subte, y una idea democratizadora del arte; pasando por el conocido grupo NN, de carácter explícitamente “ideológico”, crítico y provocador en medio de un contexto de guerra simbólica y armada; hasta su trabajo personal en la línea de experimentación con la técnica del grabado (utilización de ácido sobre placas de cobre para imprimir en tanto quemaduras) caso de los perros colgados y los retratos de obreros mineros o de su obra de archivo/foto (Expediente Santiago y Expediente Armando, en relación con el cabecilla del grupo colina Martin Rivas y el estudiante de la cantuta asesinado por el mismo escuadrón de la muerte respectivamente) o la propiamente obra pictórica y simbolista (Caja Negra por ejemplo).

En ‘Perder los estribos’, tenemos como punto de partida el nacimiento del ‘arte político’ (¿o ‘arte/vida’?) en la contemporaneidad, los sucesos del festival urbano de ‘arte total’ Contacta 79, promovido y gestionado por el grupo ‘Paréntesis’, “liderado” en ese entonces por el propio Bedoya, Mariotti & Juan Javier Salazar, el cual se encuentra grabado (literalmente) y ‘comentado’, en las obras recientes del mismo, mediante la escritura del estribo Mochica en tanto significante. La obra de Bedoya si bien no aborda directamente la cuestión de la memoria política, en un sentido como el mismo menciona ‘ideológico’ u explícito, es un tema que no se puede desligar de su trabajo ya que lo atraviesa transversalmente desde su relación con la práctica pedagógica; basta ver la serie de ‘trepanaciones peruanas’ en que la historia entera del Perú es puesta en cuestión, o desarmada, con la suturación del orificio en el huaco con una chapita de coca cola, así como las piezas que tienen como consecuencia, es decir de los dispositivos de estribos: el vampiro que jala líneas de coca impreso en una chapa de coca cola con estribos (‘nazca aquí’), la actualización neo-barroca y digital de ‘Coquito’ o las pinturas suprematistas a lo cholo, con mucha materia e intervenidas con estas mismas asas residuales de las trepanaciones.

En el caso de Medrano la activación de la memoria política tiene que ver, desde otra perspectiva, con una noción tal vez más actual y por lo mismo más nihilista, el carnet del dirigente Sindical Pedro Huilca (asesinado por el Grupo Colina en tiempos de dictadura fujimorista) sublimado en una tela de Gamarra como síntoma de la derrota del modelo socialista en tiempos de neoliberalismo salvaje, o remembranza nostálgica de un mejor pasado de la izquierda peruana; los rostros de los empresarios más poderosos del Perú contemporáneo retratados por la revista ‘Gestión’ y velados por impresiones en blanco con el slogan de una conocida campaña bancaria que dice “adelante”, o la interrupción de la galería con piedras (‘bloqueo de carretera’) que se escapan de la misma.

Ahora, es sabido dentro de la escena artístico cultural el importante cambio que significó, para toda una generación de artistas disidentes y activistas, el reconocimiento que les hicieron, un equipo de investigadores latinoamericanos avalados por el Museo Reina Sofía de España, al incluirlos en esta mega muestra llamada “Perder la forma humana” que incluía gran parte del activismo político creativo realizado en contextos de emergencia y dictadura desde el 73 hasta el 89 en toda Latinoamérica. Mal que bien, esta muestra, marca un hito, ya que significa la conclusión de un proceso de inserción definitiva del arte político latinoamericano al mercado del arte (galerías y ferias), lo cual le cambia en muchos sentidos la vida a una gran cantidad de artistas que habían realizado su trabajo al margen de este mismo circuito.

Imagen de la muestra “Perder la Forma Humana”

Del mismo modo quiero plantear la pregunta de ¿Hasta que punto el ‘arte político’ sacado de su contexto original (movimientos sociales, espacios de disidencia o luchas por la reivindicación de los derechos humanos, etc) es pervertido y neutralizado en esta clase de espacios esterilizados por la institucionalidad o el mercado? Es que acaso que frente al radical abandono de esta tarea de parte del Estado ¿La única manera de conservar estos documentos y obras o “historizar” estos acontecimientos tenía que pasar por una especie de privatización o reducción? Dejo las preguntas abiertas sin una intención de hacer un juicio de valor sino más bien de reflexionar críticamente sobre el proceso social y económico que atravesó la instauración oficial del ‘arte político’ o ‘arte latinoamericano’ en esta parte del mundo.

En ese sentido entonces planteo otra pregunta, que da origen al título de este breve texto: ¿Qué es lo político del arte político? ¿Es la tematización visual de la memoria política como parece ser el caso de Márquez o acaso la deconstrucción crítica de la historia del Perú como en el caso de Bedoya o la ironía nihilista y ‘transgresora’ como de Medrano? Tal vez esta historiografía visual y este pasado mítico o nostálgico nos aferran al impasse de la misma izquierda (revolucionaria o no), es decir, su derrota, desintegración y repliegue o por el contrario, ¿revisando esta misma estarían las pistas para no repetir los errores del pasado y construir un modelo político social distinto? En cualquier caso, en medio de una aguda crisis política y social en el país ¿Qué performatividades genera el “arte político”? ¿a quien sirve, convoca y representa? ¿en que situación política en un sentido sindical se encuentra la misma comunidad artística actualmente? ¿qué derechos se han ganado para esta?

En este momento la única alternativa real parece ser organizarnos como comunidad para enfrentar el poder. Quemar el congreso desde lo simbólico y real, reconfigurar colectivamente nuestra historia y replantear nuestra socialidad desde un lenguaje renovado, ya que la misma institucionalidad pública se corroe en una trágica y evidente corrupción en clara alianza con el mega empresariado. Del mismo modo como se impone un negacionismo radical, absurdo y violento de cualquier intento de activar la memoria política o de realizar alguna actividad cultural critica a la hegemonía, del mismo modo como se vive en las calles un terrorismo misógino normalizado, una creciente y brutal represión de la protesta social, una precarización radical del trabajo, la salud, la educación y la vida que no parece cambiar como tampoco su norma: el imperante modelo neoliberal. Entonces me pregunto ¿Desde dónde y con qué lenguaje podemos cambiar este catastrófico rumbo en el que estamos ciegamente inmersos y dispersos?

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